Ciudad de México.-En pleno corazón de uno de los destinos más codiciados por turistas estadounidenses, emergen nuevamente las señales alarmantes: dos supuestas "banderas narco" aparecieron en la zona de Los Cabos, firmadas por la facción La Chapiza del Cártel de Sinaloa, con amenazas explícitas dirigidas a ciudadanos de EE.UU. presentes o que pudieran visitar la zona.
Aunque las autoridades de Baja California Sur declaran no haber encontrado evidencia física de los letreros, las imágenes y mensajes circularon en redes sociales, generando un impacto concreto sobre la percepción de seguridad. .
¿Qué revela este episodio?
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El cartel opera con impunidad simbólica: La sola posibilidad de que aparezcan esas amenazas es suficiente para infundir temor, erosionar la confianza turística y poner en duda la capacidad del Estado para garantizar seguridad.
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El turismo como blanco estratégico: El mensaje no es casual. Apunta a ciudadanos estadounidenses -gente que aporta divisas, empleo y economía al destino-, lo que convierte al sector en una pieza más del tablero del crimen organizado.
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La narrativa oficial no da respuestas: Que "no se haya encontrado evidencia" suena a que el riesgo se minimiza o se evita asumir responsabilidad. Eso no reduce el daño: la duda persistente erosiona el turismo, que depende tanto de percepción como de hechos.
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Las autoridades siguen reaccionando, no previniendo: La aparición de este tipo de amenazas debería movilizar una estrategia robusta de protección, comunicación y transparencia. En cambio, lo que sobra es silencios, evasivas y falta de plan visible.
¿Y las pérdidas económicas?
Cuando la seguridad se ve comprometida, el turismo entra en zona de peligro real: menor afluencia, cancelaciones, aumento de "costo-riesgo" para turistas, seguros más caros, menos inversión. Si el destino deja de ser percibido como "seguro", la caída no es lineal: se multiplica. Y en un lugar como Los Cabos, que vive en buena medida de la buena imagen, eso es un golpe directo a empleos y comercios.