Ciudad de México.- El programa "La Clínica es Nuestra" plantea una modificación relevante en la operación del sistema público de salud: recursos federales destinados a infraestructura y mantenimiento de centros de salud son transferidos directamente a comités comunitarios para su ejecución.
La narrativa oficial habla de eficiencia, reducción de burocracia y empoderamiento local. Sin embargo, el rediseño abre una discusión institucional de mayor alcance: ¿qué ocurre con la rectoría de la Secretaría de Salud cuando la ejecución se fragmenta?
En el diseño tradicional del Estado, la Secretaría de Salud -hoy encabezada por David Kershenobich- no solo formula políticas; también garantiza estándares técnicos, planeación sanitaria y supervisión estructural. Una clínica no es únicamente un edificio: requiere normas eléctricas específicas, flujos adecuados de atención, condiciones sanitarias certificadas y equipamiento conforme a lineamientos oficiales.
La transferencia directa de recursos no elimina esa responsabilidad. El presupuesto sigue siendo federal. Lo que cambia es quién ejecuta.
La pregunta de fondo
Si los comités comunitarios administran obras o mejoras:
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¿Bajo qué reglas técnicas operan?
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¿Qué instancia certifica que las intervenciones cumplen normas sanitarias?
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¿Quién asume responsabilidad ante fallas estructurales?
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¿Cómo se evita disparidad en calidad entre regiones?
La descentralización puede agilizar procesos, pero también diluye la cadena clara de responsabilidad administrativa. En salud pública, esa cadena no es menor: impacta directamente en seguridad del paciente.
Más allá del anuncio
El debate no es si las clínicas requieren inversión -eso es evidente- sino si el mecanismo elegido fortalece al sistema o desplaza funciones esenciales del Estado hacia estructuras sin capacidad técnica equivalente.
Cuando el gobierno transfiere recursos, pero mantiene la responsabilidad sanitaria, la supervisión no puede ser simbólica. Debe ser estricta, verificable y permanente.
De lo contrario, el riesgo no es político. Es operativo.
Y en salud, los errores operativos no se discuten en el discurso.
Se sienten en la atención.